Estrategia y turbulencias, @AndrésBauzá

Dos conceptos aparentemente inconexos que cobran particular valor al aproximarnos a los mercados de valores. Detengámonos en la acepción militar del primero y en su analogía inversora.


La estrategia es la esencia misma del arte de la guerra, la luz que que alumbra las oscuridades del teatro de operaciones, velada siempre por la duda perenne de lo que pretende, de lo que intenta, de lo que hace el enemigo, y de los medios que dispone. Se ocupa del planeamiento y dirección de las campañas, así como del movimiento y disposición de las fuerzas armadas. Está ligada a los principios del alto mando y todas las decisiones tácticas se supeditan a seguir sus ideales.


Vivimos en un mundo táctico, donde la adaptación al cambio se impone como condición para sobrevivir. En algunas organizaciones las planificaciones estratégicas han pasado a un segundo plano bajo la premisa que es prácticamente imposible prever lo que ocurrirá a pocos meses vista. Sin embargo la estrategia bebe de la filosofía de las compañías y no desarrollarla dificulta que su misión impregne a todos los partícipes.


De igual forma en los mercados dudamos de como evolucionaran los precios de las distintas clases de activos, desconocemos cuáles serán las actuaciones de los gobiernos/bancos centrales, y qué reacciones provocarán en los diferentes actores que intervienen. A pesar de toda esa impredecibilidad definir una estrategia coherente con nuestra forma de entender la economía y la vida será condición imprescindible para perdurar como inversores.


La economía es quizás la ciencia donde más estadística y matemáticas se aplican y menos provecho se obtiene de ellas. No se ha logrado un modelo que represente fehacientemente las variables financieras y es posible que no se consiga jamás. Este principio que debería ser fundamental en cualquier estrategia cuesta de asumir, el ser humano huye de la incertidumbre y para ello crea esquemas simplificados que le ayuden a representar la realidad desplegando innumerables relatos que sustentan estilos de inversión.


Hay un chiste representativo sobre economistas y sus asunciones. Un ingeniero, un físico y un economista naufragan en una isla desierta, con una lata de judías como única comida; el ingeniero propone abrir la lata con una piedra, el físico sugiere calentarla al sol hasta que reviente y el economista dice: “Antes que nada, asumamos que tenemos un abrelatas”.


Uno de los preceptos que más ha calado es la hipótesis de los mercados eficientes, en esencia concluye que los precios de los títulos reflejan toda la información relevante. La variación de precios se asocia a un movimiento aleatorio, esta tesis sustentaba la impredecibilidad del futuro y en su momento resultó un gran avance en la economía.


A posteriori es fácil encontrar una relación causa-efecto, pero a priori sería difícil imaginar como reaccionaría el mercado. Los precios vigentes están en un delicado equilibrio en el que la anticipación de cualquier información podría alterar su valor. La aplicación matemática utilizada para representarlo fue la campana de Gauss, gráfico válido para cualquier fenómeno aleatorio.




Por ejemplo la probabilidad de sacar cara o cruz en el lanzamiento sucesivo de una moneda o la representación del % de población según su coeficiente de inteligencia. En base a sólo dos parámetros la media o valor medio y la desviación típica o estándar podemos simular gráficamente numerosos eventos.


Si lo aplicamos a la distribución de la población según su coeficiente de inteligencia, el coeficiente de inteligencia (CI) promedio es de 100 puntos en el centro de la campana, el 68% de la población tiene un CI dentro de una desviación estándar de 10 puntos, entre 90 y 110 puntos. Alrededor del 95% se sitúa dentro de dos variaciones estándar de la media, entre 80 y 120 puntos, y fuera de tres desviaciones estándar es decir por debajo de 70 o por encima de 130 el % de población es mínimo.


Reconociendo que esta teoría afianzó en la mente de algunos inversores la impredecibilidad del futuro, algo que los inexorables datos se han encargado de reafirmar, también es cierto que la imprecisa representación de la realidad provocó una incorrecta valoración del riesgo, que en ocasiones se arrastra hasta nuestros días.


Si tuviéramos que buscar una analogía física para entender el movimiento de los mercados quizás la respuesta la encontrásemos en el viento, como en la canción de Bob Dylan. La comprensión de la turbulencia por parte de los teóricos e ingenieros sigue siendo sólo parcial. Si introducimos un rotor en un túnel de viento y lo hacemos girar lentamente el aire interior fluye lentamente, en un movimiento laminar, cuando el rotor acelera el viento gana velocidad y energía pero de pronto se rompe aquí y allá en rachas bruscas e intermitentes. Es el inicio de la turbulencia. Se disipa la energía del rotor, se forman remolinos y, sobre ellos, se crean remolinos menores. Aparece una cascada de torbellinos de todos los tamaños. Luego de repente se recupera la tranquilidad y el movimiento laminar y este proceso se repite sin ninguna periodicidad aparente. En ciertas ocasiones experimentamos en primera persona esas sacudidas de turbulencia intermitentes al viajar en un avión en medio de una tormenta.


Los mercados funcionan de manera similar, su volatilidad es baja durante periodos largos de tiempo y de repente se agitan disparando la volatilidad y suelen provocar remolinos de volatilidad retroalimentándose en periodos concentrados de tiempo. En la figura podemos observar los cambios del índice Dow Jones en relación con los movimientos que tendría un movimiento browniano cuya distribución la define la campana de Gauss.


Figura extraída del libro “Fractales y Finanzas” de Benoît Mandelbrot y Richard L. Hudson.



Desconocemos la representación exacta del movimiento de precios en el mercado pero sí sabemos que en el histórico de precios se detecta respecto a la representación normal-Gaussiana una mayor concentración de valores alrededor de la media (con poca volatilidad) y un significativo aumento de probabilidad de encontrar valores con volatilidad extrema (colas gruesas de la curva). Por otro lado la volatilidad concentrada es mayor en el lado izquierdo de la curva, es más probable que se dispare la volatilidad en entornos recesionarios.




Con una simple abstracción numérica nos podríamos dar cuenta de que efectivamente la realidad del movimiento de los precios no se ajusta a la campana de Gauss. Si establecemos una volatilidad media de 15% para la bolsa de valores, según la curva normal sería prácticamente imposible encontrar desviaciones por encima de 3 veces este valor (45%). Cualquier inversor versado en historia financiera conocerá que la variación de precios de forma recurrente alcanza ese valor y en algunos casos como en la Gran Depresión prácticamente lo duplica. Es más, sin poder establecer ninguna periodicidad fiable si que parece que a medida que la información es más global e inmediata los fenómenos turbulentos tipo flash crash suceden con más frecuencia.


De todo ello se extraen algunas reflexiones de interés:


- Los mercados son arriesgados, los vaivenes extremos de precios no son aberraciones ignorables. Un inversor cauteloso debería componer una cartera con más protección de lo que sugieren los modelos estándar.
- Los problemas llegan a rachas, las turbulencias mercantiles tienden a concentrarse. En esos momentos es cuando se ganan o pierden las mayores fortunas.
- Los mercados engañan, no hay evidencia científica de que se siga un modelo determinado, el poder del azar basta para crear patrones y seudociclos que parecen predecibles y procesables.
- El tiempo mercantil es relativo, acelera el reloj en los periodos de alta volatilidad y lo retarda en los de estabilidad.

Antes de establecer la estrategia debemos considerar para qué nos acercamos a los mercados financieros, si queremos proteger nuestro patrimonio y participar moderadamente del crecimiento una serie de objetivos razonables serían:


- Ajustar los retornos al riesgo.

- Protegerse de los Drawdowns.

- Evitar el riesgo de ruina.


La manera más fiable de conseguirlo es diversificando entre clases de activos y subactivos que se comportan de manera diferente según las fases del ciclo económico. Diversificar entre estrategias que destaquen en cada entorno económico y establecer tácticas temporales en las modificaciones de cartera que disminuyan la exposición al factor suerte.


Las turbulencias llegarán de manera imprevista por lo que sucedan cuando sucedan nuestra estrategia debe estar dispuesta para afrontarlas. Frente a las perturbaciones: proceso, templanza, longevidad y humildad. Al fin y al cabo si actuamos con humildad nos costará justificar una ventaja informativa o analítica en el proceso de inversión, acaso disponemos de mejor información o somos mejores analistas que la media del mercado. Sin embargo sí parece más probable encontrar una ventaja en el comportamiento, si somos capaces de entender los comportamientos medios en el mercado en esas situaciones de estrés.


Jack McCloskey, general manager de los Detroit Pistons desde 1979 hasta 1992, decía que un equipo ganador es un perdedor que no se rinde, y lo ejemplarizó con sus Pistons que los llevó desde la nada hasta ganar dos años consecutivos el título de la NBA. Tenía claro que el mejor equipo no es el formado por los mejores jugadores sino por aquellos que se complementan mejor, puso de moda los equipos duros con profundidad de banquillo y sin primeras figuras, hasta que enfrentarse a ellos supuso un auténtico suplicio para cualquier estrella del baloncesto. El mismo Michael Jordan, otro perdedor que no se rinde, ha reconocido que nunca hubiese llegado a ser el que fue de no haberse enfrentado repetidamente a esos Detroit Pistons.



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